La “absurda” odisea para salvar los cuadros del Museo del Prado en la Guerra Civil (El Mundo)

Las múltiples dimensiones que tuvo la Guerra Civil (bélica, ideológica, religiosa…) no faltó la de la cultura y el arte. Los tesoros artísticos se vieron también amenazados. Por la violencia anticlerical, por los bombardeos, e incluso por las medidas que se tomaron para protegerlos de los bombardeos. El episodio es conocido a grandes rasgos. Durante la Guerra Civil, los cuadros del Museo del Prado fueron evacuados para evitar que sufrieran los efectos del conflicto.Para la mayoría de intelectuales antifascistas que protagonizaron aquella empresa y lo contaron (Rafael Alberti, María Teresa León…), se trató de un inmenso esfuerzo en pro de la cultura en medio de las infinitas penalidades y dificultades de la guerra. En medio de aquella «heroica pena bombardeada», que dijera Alberti, los milicianos de la cultura salvaban los tesoros del arte español. Desde otros puntos de vista, no necesariamente del bando franquista, y desde el primer momento, se levantaron voces críticas (la de Salvador de Madariaga y otras) contra lo que se veía como innecesario, arriesgado y, por tanto, absurdo. popular quizá ha prevalecido la primera visión, aunque nunca ha dejado de oirse la segunda.El escritor José Calvo Poyato, autor de ensayos y novelas históricas (y hermano, dicho sea de paso, de la actual vicepresidenta del gobierno) acaba de publicar un trabajo que entra en todos los detalles de aquel episodio y lo contextualiza dentro de las circunstancias de la Guerra Civil. Se llama El milagro del Prado (Ed. Arzalia) porque le parece un auténtico milagro que los cuadros (de Velázquez, Goya, Tiziano, El Greco… en fin, el Prado) sobrevivieran a la odisea a la que fueron sometidos: de Madrid a Valencia, de Valencia a Barcelona, a Gerona, a Francia, a Suiza, y vuelta a España al final de la guerra.Todo empezó en los aciagos primeros días de noviembre del 36, cuando Madrid parecía a punto de caer en manos del ejército que ya podía llamarse franquista. Pero Franco se había dado una vuelta por Toledo para liberar el Alcázar, en una maniobra inútil, incluso perjudicial, desde el punto de vista militar, aunque práctica desde el propagandístico y de cimentación de su imagen de caudillo. De modo que cuando las tropas llegaron al Manzanares, el algo caótico ejército de milicianos había tenido tiempo de reorganizarse con criterios más profesionales y habían llegado refuerzos (las Brigadas Internacionales, pero también la Columna Durruti con su mundo nuevo en los corazones) que levantaron la moral de los combatientes republicanos.Madrid (qué bien) resistió, pero el gobierno, que no las tenía todas consigo, no se quedó a verlo. Se fue a Valencia, y enseguida llegó la orden de que los cuadros del Prado y otros tesoros artísticos, como si fueran una televisión pública, debían estar con el gobierno. En los primeros días de la guerra se había creado una Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, y las correspondientes juntas delegadas, con el fin, sobre todo, de salvar el arte religioso que el tradicional anticlericalismo español, exacerbado por las circunstancias, estaba arrasando. Si en el siglo XIX, una decepcionante corrida de toros llevaba a quemar iglesias (“salieron seis toros, todos fueron malos, por ese motivo conventos quemaron”), qué no iba a pasar al estallar una guerra. En la Junta de Madrid figuraba gente tan ilustre como Enrique Lafuente Ferrari, Diego Angulo, Gómez Moreno o Buero Vallejo, empeñados en convencer a los incontrolados de que el arte, aunque fuera religioso, era arte y patrimonio de todos..

Luego, cuando la guerra se acercó a la capital, se trató -dijeron- de salvar esos tesoros de los bombardeos y del frío madrileño. Excusas, dice Calvo Poyato; “fue una decisión política; cuando se tomó no había caída una sola bomba sobtre el Prado”. Luego sí cayeron algunas, incendiarias y explosivas, cerca -del Prado, del Museo Arqueológico, de la Biblioteca Nacional-, pero que sólo rompieron cristales. Las normas internacionales sobre patrimonio artístico, recuerda el escritor, recomendaban dejar los cuadros en su sitio y en sótanos, que es donde estaban los del Prado, una vez que éste se cerró al público.En vez de eso, se los sacó “sometiéndolos a un riesgo en buena medida innecesario”. Básicamente, chocaron los criterios profesionales de gente como Sánchez Cantón (subdirector del Prado y director de hecho, ante la ausencia de Picasso), convencido de que “era una barbaridad”, y los políticos. Los profesionales hicieron lo que pudieron. En un momento determinado, cogió las riendas de lo que Calvo Poyato llama las sacas del Prado María Teresa León. ¿En virtud de qué? “Formaba parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y era una mujer enérgica y decidida, pero su papel no fue nada lucido. Bajo su dirección, los cuadros salieron con una protección mínima”.Calvo Poyato pone un par de ejemplos escalofriantes. Al llegar al puente de Arganda sobre el Jarama, un cuadro de las dimensiones de Las meninas tropezaba con los arcos superiores; de modo que hubo que bajarlo del camión y llevarlo a mano hasta cruzar el puente. En otra ocasión, Los fusilamientos del tres de mayo sufrió destrozos importantes al caerle encima un balcón y estuvo a punto de perderse. “Este fue”, dice el autor del libro, “uno de los episodios más graves, si no el que más”. Además, estaban las escasamente practicables carreteras de la época, bien provistas de baches, lo que obligaba a una velocidad de unos 15 kilómetros por hora, que, a su vez, aumentaba los riesgos; los controles de cualquier sindicato o partido político, cada uno con sus particulares intenciones. Que llegaran a Valencia sin mayores contratiempos ya tuvo algo de milagroso.Afortunadamente, frente a la actitud de los políticos -que a Calvo Poyato le parece poco prudente cuando menos- estuvo la responsabilidad de los técnicos. Así, el pintor Timoteo Pérez Rubio, uno de los personajes más destacados de esta historia, se ocupó de que, una vez llegados a Valencia, los cuadros se alojaran en lugares seguros, y fueran restaurados. Los daños de Los fusilamientos de Goya hoy sólo los percibirá un especialista, dice Calvo Poyato.Pero no fueron sólo cuadros. A la vez que el Prado, el Museo Arqueológico Nacional recibió la visita de enviados del gobierno. Aquí fueron colecciones enteras de monedas antiguas de oro y plata (las menos valiosas no interesaron, señala el autor) y otros objetos los que pasaron de las vitrinas a las sacas sin orden ni registro alguno de lo que salía. Su destino fue peor que el de los cuadros. Tras pasar por la embajada española en París, fueron embarcados en el Vita con destino a México, donde desaparecieron sin dejar más rastro que el testimonio posterior de campesinos y pescadores que encontraron algunas monedas.

¿SE PENSÓ EN ALGÚN MOMENTO EN UTILIZAR LOS CUADROS COMO MONEDA DE CAMBIO A LA URSS POR SU AYUDA EN LA GUERRA?
En la etapa final de la guerra, con los frentes rotos, las tropas en desbandada y millares de civiles huyendo a Francia por caminos atestados, el destino de los tesoros del Prado, instalados en polvorines que podían ser objetivo militar, estuvo a la altura de esas tristes circunstancias. Azaña, cabeza de una República prácticamente extinta, expresó toda la angustia de la situación al decir que sentía la presencia de unas obras maestras que, en conjunto, eran más importantes que cualquier otra cosa, que la República y la Monarquía juntas.Calvo Poyato llama la atención sobre otro hecho significativo en esos días finales: por un decreto del gobierno los asuntos del patrimonio artístico nacional pasaron a depender del Ministerio de Hacienda. “Eso tiene un tufo”, dice, “de que se les quería dar valor económico por encima del valor artístico”. Aquí caben conjeturas, pero ninguna certeza. El autor recuerda que el gobierno republicano tenía que pagar a la Unión Soviética la ayuda recibida durante la guerra. ¿Se pensó en algún momento en utilizar los cuadros como moneda de cambio? Nada puede decirse con alguna seguridad.Lo cierto es que, pese a ese tufo que desprende el cambio de dependencia administrativa, los representantes del gobierno republicano se esforzaron en esa última etapa tanto por preservar físicamente a los cuadros, como por cuidar todos los aspectos legales de su salida de España, de modo que no hubiera problemas de ningún tipo para que volvieran cuando un nuevo gobierno los reclamara. Calvo Poyato admite que sí hay cierta contradicción entre el decreto y la correcta actuación del gobierno. El tesoro del Prado acabó en Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones, la antecesora de la ONU, donde fueron expuestos antes de volver a España.Un final feliz… de milagro. El balance que hace José Calvo Poyato es que aquello fue un absurdo, el patrimonio artístico sufrió una odisea tan peligrosa como innecesaria y sólo la profesionalidad de gente como Timoteo Pérez Rubio, Sánchez Cantón y otros evitó los males mayores que pudo causar una decisión política sin sentido.

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3 comentarios sobre “La “absurda” odisea para salvar los cuadros del Museo del Prado en la Guerra Civil (El Mundo)

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